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ÉRASE UNA VEZ…CUENTO DE HADAS DE TERCERA EDAD

ÉRASE UNA VEZ…

UN CUENTO DE HADAS DE TERCERA EDAD.

[Fragmento del Cuento]

                                                              “La ironía es el arma de los débiles”

                                                                                                                 Vladimir Jenkélévitch

                                                                       

                                                                          I

                                                                    LA CITA

                                        CENICIENTA DEL SIGLO VEINTIUNO

 

Conocí un día, no, ¿porqué digo un día?, ¿Es porque recuerdo mis cuentos de hadas que de pequeñita leía extasiada, esos libros  con imágenes, esos cuentos maravillosos que me regalaban papá y mamá?

A lo mejor.

Porque éste es también un cuento de hadas pero de tercera edad.

Recomienzo… conocí una tarde de invierno frío y nublado a un señor  mayor que yo. Era una tarde que apresurada respondía al  llamado de la noche. Era casi de noche.

Aunque estaba consciente de que ya había dejado bien lejos mis veinte, treinta, cuarenta y cincuenta años, me preparé para ese encuentro como toda mujer que se ve arrojada ante dos posibilidades inéluctables, la primera es ésa en la cual no  quiere convencerse de que ha pasado ya por el tiempo, que es indiferente a sus cambios físicos y existenciales- es preciso subrayar que éstos últimos marcan aún más los trazos de la vejez que se anuncia, el sufrimiento se imprime con más fuerza indelébil en la piel y en el alma o,  la otra posibilidad es ésa que nos indica que la mujer es enteramente lúcida- y ésto es o mas seguro- y que apesar de su lucidez innata se engaña por un instante a sí misma como una moderna y resplandeciente Cenicienta,  y se dice que no por estar encerrada en el espacio hermético e imposible de salvar que es la edad, ésa que marca la última etapa (la de la vejez que nadie quiere nombrar, yo no sé porqué), no va a dejarse llevar por un anhelo y atreverse à vivir.

Pero, ¿de qué vivir estamos hablando?

Yo no estoy más que relatando un cuento de hadas que comenzó un día de invierno con una cita a la que llegó una Cenicienta del siglo veintinuno.

No deben dejar libre vuestra imaginación, ya sé lo que estan pensando, los detengo en seco.

No, ésa cita no era un encuentro amoroso, pero ¡por favor!.

A mi edad yo no planifico más ese tipo de sueños juveniles, el amor debe quedar reservado a los jóvenes, es mi idea y nadie va a cambiármela, no es la modernidad ambiente que vive siguiendo los trazos de la frivolidad  y de las publicidades con las que envenenan los cerebros metódicamente los industriales introduciéndose en nuestros espacios íntimos por fuerza, las que van a influenciar mis conceptos enrraigados desde siempre, yo no creo en eso que dice que “el amor no tiene edad”, que a toda edad se puede “vivir”, ésto es tan estúpido como falso y no es la gente la que va a cambiar mis convicciones.

No, esa cita para la que me preparé era una cita “normal”, estudiosa, y preparada desde hace ya bastante tiempo, pero que se quedaba siempre postergada por  las infinitas razones  que me exponía éste señor siempre “tan ocupado”.

Entre paréntesis, yo no sé porqué “la gente” que encuentro, siempre cree acertado el excusarse ante mí por tantos motivos, y haciéndome un discurso detallado de los miles quehaceres y ocupaciones ineluctables que les impide esto o aquello. Me exponen el discurso como un parapeto en el que se cobijan.

Es un muro de palabras.

Me despliegan el torrente bien preparado de excusas como un papiro que se despliega rodando hacia abajo interminable.

Yo los observo, los escucho y me digo que aún otra vez me he equivocado.

Acude a mi recuerdo mi profesora de la universidad de Santiago, yo no tenía más que dieiciocho años, estaba en segundo año de pedagogía en castellano, y ella me dijo un día: “¿Te das cuenta de que tu inventas a la gente?”

Más, ¿Cómo exigirles que me conozcan de antemano?

¿Cómo reprocharles que no sepan ante que tipo de mujer están?

Debería perdonarlo pero no puedo.

Yo no sé lo que es el “perdón”.

Mi religión lo enseña y lo impone, les sacerdotes se encargan de repetirlo como un mandamiento capital repetido sin cansancio en una letanía periódica que nadie obedece.

A  diferencia de ellos yo afirmo no poder corregirme, no soy altanera sino muy testaruda y desobediente, una perfecta “pecadora metafísica”.

Me han augurado el infierno, yo les respondí que prefiero el hielo.

¿Hay un infierno helado?

Y yo me siento arrojada violentamente hacia al abismo de un lugar recóndito y extraño, relegada en un sitio tomado de asalto, me siento como una intrusa en casa ajena mirando por la cerradura.

Y  yo me digo, porqué toda ésta historia, si yo  no les exijo nada, yo no pido nada, y detesto que me obliguen a asumir un rol de curiosa o de exigente, roles para los que no tengo ni el mas mínimo talento.

A lo mejor les encanta sentirse perseguidos y el aire y el espacio infinito  que les dejo les produce una corriente de aire que les molesta.

La libertad es aire, y ellos son hombres domesticados.

No me soportan, ésa es la verdad. Pero,  ¡Yo no puedo cambiar!

Nací así, defectuosa, anti feminista, es decir que al señor le dejo entera libertad, más ellos han sido domesticados por generaciones de mujeres “feministas” y no saben comportarse ante una que no lo es.

Comienza la auto protección, verbal naturalemente.

Luego de tantas didascalías vuelvo a mi hermoso cuento de hadas. De tercera edad, no lo olviden.

De hecho esa cita no era más que un encuentro de tipo…

¿Cómo se dice hoy en día?

¿Administrativo?

No, hubo un préambulo por téléfono, el tema no permitiría que lo llame así.

¿Cita de “negocios”? ¿Comercial?

Tampoco, el tema no es de naturaleza pecuniaria, en todo caso, no para mí ni para él, en ése momento solo el “Arte” en su acepción superlativa sería motivo de conversación.

¡Pero qué tema tan espiritual!  ¡Yo me creía transportada al siglo diesisiete o dieiciocho, pero no, yo era una intrusa en pleno siglo veintiuno, ante un señor que se protegía de mí verbalemente y que para colmo yo estaba frente a él… Más no puedo adelantarme, debo callarme, vamos por partes de lo contrario mi cuento de hadas de tercera edad, ¡no cumpliría con el orden literario que ése maravilloso tipo de escrito exige!

Es preciso esperar, “ralentir”el cuento de hadas.

Como todos los cuentos de hadas debería tener un final feliz, esperen un poco, al final  lo sabrán, es el objetivo de toda buena literatura. El desenlace logrado a la perfección. Tal vez por ser un cuento de hadas de tercera edad, se le permitirá la libertad de terminar bien mal.

Pero,  ¡yo no les he dicho que éste terminará mal!

Debo afirmar sin embargo, que todo lo que se trate hoy en día sobre arte es “comercial” a posteriori, sí, porque el arte se ha vuelto únicamente comercio, antes lo era también, pero sin dejar de ser arte. Hoy todo se evalúa desde ésta perspectiva. El amor también.

¿Amor? O todo aquello que es denominado “amor”. Para qué complicarse la vida y la escritura, generalicemos, asi vamos más rápido al ritmo informático y mecánico, seamos prácticos, imitemos a los robots japoneses.

“Eso” que todos llaman “amor” es sin duda: Contratos legalizados conforme,  convenios, ataduras, rutina, compromisos oficializados con firmas, estampillas tamponeadas, testigos y juramentos de tipo: “hasta la muerte”.

Yo diría con elegancia que se trataba de una cita de orden cultural, para conversar sobre un proyecto de orden profundamente artístico lleno de resonancias estéticas.

[…]