CARMEN FLORENCE GAZMURI-CHERNIAK

Escritos literarios – críticos, anuncios de nuevas publicaciones, libros editados. Artista-Pintora. Telas al óleo, gouaches y dibujos

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EL HAMBRE

20 Enero, 2024 (07:44) | Non classé

 

MEMORIAS

CAPÍTULO I

EL HAMBRE

Mientras el hambre me retorcía el vientre con sus garras implacables, yo me preguntaba, arrebujada bajo la sábana cubierta de colchas, por qué debemos estar tributarios y esclavos de una necesidad biológica de la que no nos podemos liberar: esa terrible necesidad de comer, que yo encontraba rebajante y alienante, dejándonos presos en una ridícula y degradante situación existencial. Y pensaba en la frase de Malraux: “effacer la bête qu’il y a en nous”, pero ¿cómo? ¿De qué manera no sentir ese apremio lancinante que me arrebataba toda mi libertad, toda mi voluntad, dejándome desvalida, no pensando en otra cosa que en la comida?

En todo caso ninguna de esas reflexiones que se agolpaban en mi cerebro podían atenuar mis ansias de comer, la gente cree que sentir hambre es sufrir una sensación de apremio físico que se resiente en el vientre, eso es cierto, pero es sólo la primera etapa, lo terrible es cuando esa premura, esa necesidad imperiosa de comer llega a alojarse en el cerebro, esa subida hacia las vísceras sublimes que son el cerebro hace que finalmente estemos perdidos. Los científicos han llegado a la conclusión de que los intestinos son nuestro segundo cerebro, en ese momento poco me importaba el descubrimiento y aseveraciones científicas, el hambre llegó a producir en mi, una especie de demencia, no tuve otra cosa que hacer que levantarme, cosa estúpida, porque no era paseándome por la habitación que mi pensamiento iba a mitigarse, fui a la cocina y abrí el refrigerador, un frío me golpeó la faz con su hielo y blancura vacía, no había nada que echarse a la boca, una botella de agua seguía allí en la puerta, me dije, soy una estúpida, no es abriendo el frigo que va a salir comida como por magia.

Luego en mi derrota, dirigí mi vista de inspección hacia el estante donde colocaba mis escasos utensilios de cocina y donde almacenaba algunas conservas y engañitos para matar el hambre en caso de penuria; cuando a principios del mes caían en mi cuenta bancaria los miserables euros de “propina” para sobrevivir un mes entero. No me quedaba más que unos sobres de té y la mitad del tarro de café en polvo, las cápsulas para la cafetera eléctrica era cuestión del otro tiempo de abundancia.

Me fui a sentar frente a mi mesa de trabajo, mi escritorio estaba repleto de libros y borradores del día anterior, ya había sacado, las cuentas mil veces, daba vueltas sin cesar sobre la página escrita con la lista de pagos mensuales, y con la calculadora en mano, por más que ensayaba de suprimir un gasto era inútil, la totalidad de la suma mensual estaba ya consumida por todos mis pagos ineluctables, por lo tanto, por más que diese vueltas los gastos colocándolos en diferentes posiciones de prioridad, la calculadora me daba la misma respuesta y, yo no sabía por qué sabiendo de antemano el resultado, yo me sometía a una tarea así de idiota, ¿por qué a cada sensación de hambre, mi primera reacción era la de volver a sacar las cuentas del mes?

Era la misma idiotez en la que persistía, esa  de abrir y cerrar el refrigerador sabiendo que estaba y seguiría vacío.

Me puse a sacar las cuentas del mes, una vez todo pagado me quedaban sólo cien euros para pagar todo lo indispensable de gastos para sobrevivir, donde la comida quedaba siembre en la retaguardia, cuando se vive en un hotel no hay gastos de mantenencia, pero cuando nuestra casa exige tantos cuidados y tan importantes como la alimentación, la división de esos cien euros para todo un mes imponía otro acto de magia porque el sacrificio y mi sumisión mental a la miseria eran nulos.

Me daba ánimo pensando en mis padres, otros ruegan a Dios, yo, en cambio, imploraba a mis padres, es a ellos a los que rogaba que me diesen valor para resistir con dignidad, y elevaba mis rezos para que del más allá viendo mi sufrimiento, me diesen valor, y pensaba, como es posible que tenga que vivir esta ficción, yo jamás he vivido algo igual, al final salía la conclusión evidente, pero razonar la causa no atenúa el efecto, he sido yo la única imbécil que vino a Francia por la pintura, y sin reconocimiento, con mafias poderosas a mi alrededor es fácil comprender que no me quedasen más que cien euros para el mes; claro soy yo la culpable de haber idealizado Francia y de haber creído en mi talento: “je veux etonner Paris avec mes pommes”, el problema era que manzanas no tenía ni para comer ni para pintarlas como naturaleza muerta, graciosa y macabra sonrisa del destino.

Vine encontrar la humillación más absoluta a la que un ser humano debe someterse: el hambre.

In, MEMORIAS, mi vida literaturizada de Chile a Francia.

En escritura.

Publicación 2025.

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