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EL QUISCO CAPÍTULO I INFANCIA

19 septembre, 2021 (06:38) | Non classé

                  EL QUISCO  

 

CAPÍTULO I

 

 

INFANCIA

Los alfajores de “Dona Filomena”

Era ya bien pasada la época de los membrillos que florecen en marzo, que proyectábamos los veraneos con la palabra; proyectando en largas conversaciones mis padres discutían de cómo cuidar la cabaña, de si ese verano mi padre subiría la escalera para pintar los muros de naranja, cambiando su rol de pintor de caballete, por el de ¡pintor de muros¡   Conversaciones sobre qué llevaríamos como equipaje, y todos los detalles prácticos del viaje, un veraneo se prepara decía mamá, aunque el veraneo se pase siempre en el mismo lugar y que la cabaña naranja esté siempre allí… esperándonos.

Fue esa época cuando chica y menuda, realmente flaca, porque no engordaba con nada aunque comise cantidades abundantes,  creciendo tan rápido como los eucaliptus de mi jardín del Quisco, mi infancia fue esa época en que, con mis compañeritas de clase golpeábamos los membrillos contra los muros o los pupitres de la sala para hacerlos madurar a la fuerza de golpes infantiles para volverlos comestibles; membrillos duros y ácidos, recién salidos del árbol; yo no sé cómo mis dientes soportaban un tal esfuerzo al morder esa fruta aun verde, pienso que ahora si intentase una proeza de esta naturaleza me haría añicos los dientes, pero de niña no era esa mi preocupación, creo que mis preocupaciones estaban bien lejos de cuidar mi salud y de evitar peligros, era Mamá la que lo hacía por mí al ritmo de mi respiración, su atención para conmigo no se detuvo jamás.

Era la época en que con mis compañeras en el recreo echábamos piedrecitas en las botellas ce Coca-Cola para que subiera el líquido transformado en espuma; ¡si mamá me hubiese visto!…Y fue la época en que me volví deudora, esa ha sido la única deuda de mi vida; los  alfajores que yo compraba a “Doña Filomena”, esos pastelitos eran una delicia, hechos con harina sin levadura, eran pequeños, redondos y horneados de tres capas duras,  atadas con manjar y cubiertos con un glaseado de azúcar objeto comestible irresistible para la niña golosa que crecía… “Doña Filomena”era una pequeña  viejecita de ojos azules que fabricaba y vendía sus pastelitos en un rincón del patio del colegio, ella tenía allí un negocio de madera; los vendía a los niños durante los tres recreos del día, yo se los compraba con  monedas diariamente, pero a veces me faltaba dinero, la cantidad de alfajores que yo comía diariamente era colosal, como si en casa no tuviese comida! El resto del precio que me faltaba pagarle y que no podía comprarle con las monedas de la semana, yo los compraba “a crédito”, ese fue mi único estado de deudora; ella me los daba con la promesa de pago ulterior, y en un cuadernito, escrupulosamente con un lápiz de mina anotaba: Carmen Gazmuri, deuda al 8 de marzo de 1961: 15 alfajores.

Yo me gastaba todas las monedas que mis padres me daban para la semana; más un día “Doña Filomena” hizo convocar a Mamá porque yo le estaba debiendo ya muchos “alfajores” y mi deuda se acrecentaba mensualmente.

Mamá fue corriendo a pagarle y se quedó asustada de comprobar de qué manera me endeudaba por pasteles.

¡Pero dime qué manera de comer, cualquiera creería que en casa no comes y que estas en hambruna!”

Mi niña, me vas a pedir cuando quieras comer golosinas, vas a dejar de “endeudarte” por esos alfajores, ¿de acuerdo?   ¿me lo prometes?

¡Que niñita tengo  regalona y consentida!

[…]

En escritura

 

 

 

 

 

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