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EL QUISCO

8 septembre, 2021 (06:54) | Non classé

              EL QUISCO

 

 

 A mis soledades voy

De mis soledades vengo

Porque para andar conmigo

Me bastan mis pensamientos.

A mis soledades voy

  Lope de Vega

   (1562-1635)

 

Estimados Lectores de lengua castellana:

El Quisco fue mi balneario donde pasé mi infancia, adolescencia y primera juventud; mi padre construyó una cabaña naranja y se la regaló a Mamá cuando yo nací; mi padre, desde niño quiso ser marino, adoraba el mar, y lo primero que vi cuando comencé a caminar fue el océano del Quisco. Cosa curiosa es que mi nombre de familia paterno, Gazmuri, en vasco significa: de las salinas. Sin ver el mar me siento morir; desde que llegué a Francia hace cuarenta años que no puedo tomar vacaciones. Hace cuarenta años que no veo el mar. Ahora que estoy jubilada quiero instalarme frente al mar, y el poco tiempo que me queda antes de morir, me digo que merezco por lo menos estar cerca del mar; es lo único que quiero. Y aquí sigo insistiendo para irme a vivir definitivamente frente al mar. No bajaré la guardia hasta que lo logre.

La administración sigue negándome el derecho. Es el pago que recibo de Francia. La brutalidad de los administradores de pisos baratos que el Estado francés distribuye a los pobres es tan hermética como un sarcófago. ¡Hay que ver realmente lo que es un sarcófago!

Los alquileres baratos los distribuyen con criterios de “miserabilismo”, los motivos existenciales de artistas no entran en la competición, a menos que tengan el título de refugiados políticos. Es un nuevo título existencial que llega a tomar el lugar de título profesional.

¿Cuál es su profesión?

“Refugiado político”

Este nuevo pasaporte existencial abre todas las puertas.

Hasta las mafias se rinden y los dejan vivir en paz. Lo que no fue mi caso.

Yo no tengo ninguno de esos galardones miserables que hoy en día conmueven y ante los cuales el beneplácito mundial es unánime.

Al fin de cuentas no tengo nada para concursar en este país.

Me equivoqué y ahora lo pago caro. Yo quiero instalarme en una ciudad cerca del mar, pero nadie comprende; me preguntan “¿Y por qué quiere venir” chez-nous?” ¿Si no tiene ni familia ni amigos aquí?”

Con el término “chez-nous” los franceses me hacen sentir que yo no soy del país, que seré una eterna “extranjera”. Supongo que, a los inmigrantes, refugiados políticos, los franceses se guardan bien de decirles: “¿cuándo llegó “chez-nous”?

Mi recuerdo del Quisco se hace cada día mas presente; hace algunos años escribí un corto relato que se titula “La cabaña Naranja”. Este es distinto, me parece que es lógico, con la experiencia de vida el estilo cambia.

Cuando yo nací, el Quisco era un pequeño pueblito polvoriento, ese era su encanto. Solo las calles del centro de esta pequeñita ciudad de vacacionen, estaban pavimentadas. Nuestra cabaña se situaba bien cerca del mar, desde el ventanal del salón yo podía ver la línea azul del horizonte marino, allá lejos, donde el cielo abraza el océano. Mi padre plantó pinos alrededor de la cabaña, y los dos eucaliptus al fondo del jardín crecieron y tanto que, ante mis ojos asombrados, parecían tocar el cielo y con el viento su canto metálico se escuchaba hasta dentro de la estancia. Los pinos que de chiquitos dejaban aún la cabaña desnuda, se fortificaron, crecieron tanto que sus troncos poderosos protegían todo el borde del inmenso jardín, formando un cerco resistente, la sombra refrescante mecía nuestros largos veranos.  La cabaña naranja estaba entera rodeada de un amplio jardín lleno de arboles y flores variadas, los geranios multicolores eran los que yo más quería, los cactus inmensos me perecieron siempre una especie de planta curiosa y admirable, con sus verdes grisáceos y sus espinas protectoras. Las mañanas eran brillantes y luminosas, recuerdo que cuando el cielo estaba nublado, mi tristeza era infinita, porque en los días fríos, mamá me prohibía bañarme, de chica era tan frágil que caía enferma de cualquier cosa, entre varios apodos me llamaban “merengue”. En la playa mamá leía el diario, papá se quedaba en la cabaña jardineando, leyendo, escuchando música, y la Luzmira, nuestra ama de casa, que era una mujer como de la familia, salía al pueblo para hacer las compras y de regreso preparaba el almuerzo. En esa época no existían estas porquerías de cocinas eléctricas o a “inducción” lo único que existía en ese entonces eran los fogones a gaz; las cocinas a gaz son las únicas que dan un verdadero sabor a la comida, en fin esto no tiene nada que ver con lo que les estaba contando… volvamos a la playa. Había un hombrecito que pasaba vendiendo merengues y pequeños pancitos de huevo, envueltos en un mantelito blanco, bien dispuestos en dos canastos que él llevaba con esmero sosteniéndolos uno en cada mano; su estribillo al pasar vendiendo  era: “¡al pan de huevo, al rico de huevo, al rico merengue,  al rico de huevo!”. Él nos conocía, allí estábamos con mamá, en el mismo lugar de la playa, todos los veranos durante más de dos meses, y durante veinticinco años…ese vendedor de merengues y pan de huevo me vio crecer…cada verano fieles quisqueñas…

EL mar siempre frío era una delicia, yo no soporto el calor ni los océanos cálidos. Nací en el Pacifico. Aprendí a escucharlo, a sentirlo, a guardar su perfume. Su rumor nocturno llegaba desde la playa y nos rodeaba, cuando en el silencio apretado de la noche, desde lejos nos visitaba y con su rugido infatigable e incesante me despertaba; el mar era un miembro más de nuestra familia.

En la parte posterior de la cabaña había una noria llena de agua límpida, siempre transparente.  Mi padre fue el primer ecólogo, ya que creó una novedad, se negó a instalar la electricidad, él me dio la mejor lección de austeridad. En vez de apretar el botón par tener luz eléctrica, llegada la noche nos alumbrábamos con velas y con lámparas de petróleo que se llaman “chonchones”; alumbrar los chonchones era todo un ritual…Cada quince días, mamá los limpiaba lentamente, era toda una historia limpiarles la mecha. Los idiotas del pueblo hostilizaron a mi padre porque los árboles eran los únicos en todo el pueblo que crecían tan alto y los únicos que cambiaban la  uniformidad plana de la calle; la cursilería de esos arribistas como en  todas partes del mundo persiguen a aquel que se impone como  diferente a la masa.

Otro de los rituales de nuestros veraneos eran las fogatas que hacía papá con las hojas que amontonaba en un espacio reservado, antes de prenderla, cuando el sol comenzaba a hundirse en el mar, me llamaba:  “¡Carmen… ven, que vamos a prender la fogata!” […]

Mañana les cuento otro episodio del Quisco.

Nadezhda Carmen Gazmuri-Ch.

 

 

 

 

 

 

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